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El Jaguar Prehispánico

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Animales Mexicanos

 

 

El jaguar es el más grande y poderoso felino de América y por más de tres mil años fue uno de los más importantes animales simbólicos de Mesoamérica. Aquí te damos un estudio profundo de lo que significaba el jaguar para las culturas prehispánicas.

La imagen del jaguar, al igual que la del ocelote y la del puma, aparece en el arte de todas las civilizaciones prehispánicas, desde los olmecas hasta los aztecas. La fascinación que ejercieron los jaguares sobre la imaginación de los pueblos indígenas persistió en la época colonial y ha llegado hasta nuestros días.

Poseedor de características que lo hacen el más poderoso de los animales, al jaguar se le asociaba con el gobierno. Los señores, que solían proclamar una relación mítica con el gran felino, frecuentemente utilizaban elementos propios del jaguar y en ocasiones se vestían como tales. Es el caso de este gobernante representado en una pintura mural de Cacaxtla, Tlaxcala, prácticamente cubierto por una piel de jaguar y con garras en lugar de pies.

Hermoso pero mortífero, el jaguar evoca las más intensas emociones humanas. Fuerte y ágil, con un agudo sentido del olfato y afiladas garras, se convirtió en parangón de las virtudes masculinas, identificado con cazadores y guerreros y, por analogía, con la guerra y el sacrificio. Asesino silencioso y furtivo, su habilidad para ver en la oscuridad lo asocian con la brujería y la magia, como alter ego de chamanes o espíritu familiar de sacerdotes y reyes.

Tal vez fue su capacidad para cazar en tierra, sobre los árboles y en el agua lo que le valió el papel mítico de "señor de los animales" y de patrono espiritual de las fuerzas de la fertilidad. Otro rasgo igualmente importante, que los pueblos indios de México conocen bien, es que todos los animales son presa del jaguar sin que él lo sea de ninguno. Sólo los humanos matan al jaguar, lo que podría explicar la creencia, ampliamente difundida entre los indígenas americanos, en la igualdad espiritual de ambos. Partiendo de esa visión del mundo, cada hombre lleva en su interior un jaguar y cada jaguar podrá ser a su vez un hombre disfrazado.

Los felinos son excelentes depredadores pero, por supuesto, es la manera en que el hombre percibe sus cualidades animales la que determina cómo se le utilizan en el arte y la religión. En la época prehispánica, la unión simbólica de rasgos animales y humanos para crear criaturas híbridas y fantásticas estableció una manera de combinar cualidades físicas y atributos sobrenaturales para representar a poderosos dioses, espíritus, gobernantes divinos o semidivinos, osados guerreros y afortunados cazadores. La imaginería simbólica mediante la cual se representa a felinos y a otros animales emblemáticos no se limita a la mera representación artística; ésta refleja ideas y creencias fundamentales, se refiere a un concepto cultural de lo que se considera fuerte y valiente, peligroso y triunfante: es la representación por excelencia de fuerzas elementales que escapan del control del hombre.

El jaguar entre los olmecas

En México, el primer icono felino aparece entre los olmecas (1250-400 a.C.) en esculturas monumentales de piedra y en delicadas piezas de jade de sitios como San Lorenzo y El Azul, en Veracruz, y La Venta, en Tabasco. Excepto por el énfasis de San Lorenzo en representaciones naturalistas, la imaginería felina olmeca se distingue principalmente por una representación recurrente: la de una extraña criatura, parte felina y parte humana, con una característica boca de labios ca’dos que parece gruñir. La investigación etnográfica en sociedades indias contemporáneas de Mesoamérica y Sudamérica proporciona mitos y cuentos que nos permiten una interpretación mucho más exacta de lo que representaron estas criaturas olmecas.

Estas "criaturas imposibles" han sido bautizadas como hombres-jaguar y, para algunos estudiosos, son seres sobrenaturales producto de la unión de los gobernantes olmecas y seres-jaguares míticos; otros ejemplos, que al parecer representan niños, han sido llamados "niños-lluvia". Algunas de las esculturas y estatuillas más pequeñas son consideradas como chamanes que se transforman en naguales felinos, captados a medio camino entre felino y hombre. También podrá simplemente tratarse de chamanes o sacerdotes con máscaras de felinos o que asumen posturas felinas para llevar a cabo un ritual olvidado hace mucho tiempo.

La relación simbólica entre los poderosos felinos y los gobernantes y dioses de la sociedad olmeca parece haber sido el inicio de una tradición muy persistente en México. Se trata de antiguas concepciones derivadas de las creencias chamánicas de las sociedades cazadoras-recolectoras, en las que humanos y animales podían compartir una misma esencia espiritual y cambiar la apariencia externa a voluntad. Puede parecernos, desde una perspectiva moderna, un mundo mágico de transformaciones y brujería, pero para los pueblos antiguos era parte de su manera de ser y de actuar. En este tenor, lo que nos importa aquí es que fueron los olmecas los primeros en traducir esas ideas a imágenes de piedra, jade, cerámica, así como en pinturas en cuevas.

El jaguar entre los mayas

Entre los mayas del Clásico (250-800 d.C.) el jaguar fue un icono recurrente para simbolizar liderazgo, sacrificio y guerra. La colorida piel del felino fue utilizada como vestimenta emblemática de reyes-guerreros perteneciente a una dinastía y cubría los tronos que en ocasiones tenían la propia forma del animal, como se puede ver en Palenque, Chiapas, y Uxmal y Chichén Itzá, Yucatán.

El rasgo distintivo de la indumentaria guerrera en los murales de Bonampak son los atuendos y accesorios de jaguar, o tal vez de ocelote. En las Tierras Bajas mayas del Clásico, el simbolismo del jaguar aparece constantemente asociado a inscripciones jeroglíficas que se refieren a guerra, cautivos y sacrificios humanos. Estas asociaciones fueron profundas y persistentes. Se sabe que en tiempos posteriores, durante el Posclásico, la expresión "extender una piel de tigre" era sinónimo de guerra, y en la Colonia el "petate de jaguar" aún era el asiento de las autoridad en los consejos mayas.

El prestigio que los gobernantes mayas del Clásico concedían al jaguar puede constatarse en los títulos reales, que siempre incluyen un jaguar. Excavaciones arqueológicas en Uaxactún y Kaminaljuyú, Guatemala, y en Altun Ha, Belice, muestran que los reyes mayas eran enterrados con pieles, garras y colmillos de jaguar. En Copán, Honduras, fueron sacrificados 15 jaguares por el rey Yax Pac, uno por cada uno de sus ancestros, en un acto que parece indicar una identificación espiritual entre la realeza y el gran felino. Hoy en día, entre los mayas de Chamula, Chiapas, se considera que los líderes políticos y los curanderos tienen como animal compañero al jaguar, mientras que los individuos de menor rango tienen ocelotes, conejos o tlacuaches.

La identificación del jaguar con la clase social alta también se puede constatar a través del lenguaje y la literatura mayas. En el Popol Vuh de los mayas quiché el término balam se refiere tanto al jaguar como a su fuerza y ferocidad, y sus garras son usadas como signo de liderazgo. En Chichén Itzá, Yucatán, durante el Posclásico, aparecen grandes felinos manchados comiendo lo que al parecer son corazones humanos, lo cual podría ser una representación metafórica de sacrificios humanos que llevaban a cabo los miembros de una sociedad guerrera del jaguar.

Cada una de las civilizaciones mesoamericanas desarrolló su propio concepto sobre lo que el jaguar o el puma significaban, y representó con un estilo propio a los felinos mismos o a criaturas míticas con rasgos felinos. Algunos murales de la gran ciudad de Teotihuacán muestran jaguares cubiertos de plumas verdes que soplan caracoles marinos, los que, de nueva cuenta, son representaciones de guerreros. En la Calzada de los Muertos se conserva un mural que representa a un puma, y en el Palacio de Zacuala se ve un "guerrero jaguar" pintado en bellos colores que lleva un escudo y un tocado con un jaguar rugiente. En 1988 se encontraron restos de dos grandes felinos, tal vez pumas, bajo la Pirámide de la Luna, que fueron enterrados vivos en jaulas de madera como acompañantes de una víctima del sacrificio. Una de las más enigmáticas imágenes del felino de Teotihuacán es la del llamado jaguar reticulado, que lleva el cuerpo cubierto de diseños entrelazados.

El jaguar entre los aztecas

Gracias a sus códices y a las excavaciones del Templo Mayor, la azteca es la cultura que nos brinda más información sobre el simbolismo felino en el México antiguo. En náhuatl, la lengua de los aztecas, el jaguar se llamó océlotl -razón por la cual se le confunde frecuentemente con el ocelote, un felino distinto y de menor tamaño. Para ellos el jaguar era la criatura más valiente y el orgulloso "señor de los animales", tal como se consigna en el Códice Florentino recopilado por el fraile español Bernardino de Sahagún.

La vinculación entre el animal y la guerra nos dan claves sobre la idea que los aztecas tuvieron de él y de su simbolismo. Los términos que llevan la raíz océlotl se utilizaban para describir a los guerreros valientes. Ocelopétlatl y ocelóyotl eran considerados términos adecuados para referirse a guerreros particularmente valientes, como los que formaban la elitista sociedad de guerreros del jaguar. La mitología, la religión y la astrología aztecas nos ilustran aún más. Para los aztecas, los nacidos bajo el signo calendárico océlotl compartían con el jaguar su naturaleza agresiva y llegarían a ser osados guerreros. Al igual que los mayas y los olmecas, los aztecas tenían su propia idea acerca de lo que representaban los felinos en especial el jaguar-, es decir, poseían un concepto particular sobre "la cualidad del jaguar".

Los gobernantes aztecas también usaron la imaginería del jaguar. Este animal era el señor de los animales, de la misma manera que el emperador gobernaba sobre los hombres. Los emperadores aztecas usaban atuendos de jaguar en la guerra y en la corte se sentaban en tronos cubiertos con sus pieles. Tezcatlipoca, dios supremo entre los aztecas, fue el patrono de la realeza y el inventor de los sacrificios humanos. Su nombre significa "señor del espejo humeante", y esgrimía su espejo mágico de obsidiana para escudriñar en el corazón de los hombres, explorando la oscuridad cósmica con los ojos omnipotentes de su nagual, el gran jaguar Tepeyollotli.

Para ilustrar la importancia que tuvieron los felinos en la ideología azteca, basta saber que entre los restos excavados en el Templo Mayor hay esqueletos completos de esos animales, enterrados como ofrenda, con bolas de piedra verde entre las fauces. El Templo Mayor fue considerado en la mitología como la "montaña del agua cósmica"; las piedras verdes son signo de agua y de cosa preciada y los jaguares fueron asociados con la fertilidad. Tezcatlipoca-Tepeyollotli representa la concepción más compleja sobre el jaguar de todo el México prehispánico.

Supervivencia del jaguar

Estas creencias asociadas a los jaguares y demás felinos no desaparecieron con la llegada de los españoles en 1519. Ya que los símbolos felinos eran parte de la cosmovisión indígena, fueron adaptados a la religión católica y a las nuevas condiciones económicas y políticas implantadas por los conquistadores. Lo que sí cambio fueron sus nombres: los españoles llamaron tigres a los jaguares y leones a los pumas y con ellos se les conoce hasta la fecha aún en los lugares más recónditos de México.

La ambigüedad espiritual del jaguar, que representa el bien y el mal, la fertilidad y la muerte persistió durante la época colonial. En el siglo XVI, los brujos conocidos como nahualli fueron acusados por los españoles de adorar al diablo, de asesinato, de insurrección y de convertirse en jaguares. Es interesante que el nahualli más famoso se llamara Martín Océlotl, quien adoptó como propio el nombre náhuatl del gran felino. Fue denunciado en 1536 ante la Inquisición y acusado de idolatría, de predecir las lluvias y de transformarse en jaguar.

En otros lugares el jaguar se convirtió en defensor de Cristo y para mostrar su función como protector usa su piel pinta durante la Pasión. El jaguar ocupa el lugar que antes tenía el león a los pies de San Jerónimo. Muchas fiestas tradicionales con jaguares subsisten hasta nuestros días aunque algunas, como la "cacería del tigre", han desaparecido; una de las razones de su persistencia es que las máscaras y trajes de jaguar son populares artesanías compradas por turistas.

Hay muchas comunidades rurales en México en las que aún se celebran fiestas que tienen elementos simbólicos asociados a los felinos y en especial al jaguar. Los tlacololeros y la Danza de los tecuanis son dos de sus manifestaciones más conocidas. En pueblos como Totoltepec, Guerrero, los danzantes usan máscaras de jaguar y trajes amarillos con manchas y mezclan creencias católicas con ideas prehispánicas para proteger la siembra y su ganado de los depredadores. En otras partes como Acatlán y Zitlala, Guerrero, se han conservado vestigios de antiguos rituales sangrientos en fiestas en las que jóvenes vestidos de jaguares luchan hasta sangrar como ofrenda al dios jaguar, quien envía lluvia que fertiliza al maíz.

Desde tiempos prehispánicos y hasta la actualidad, en el México indígena las ideas sobre los felinos y los rituales con simbolismos asociados a ellos no se ocupan de la adoración de los animales mismos. Los símbolos felinos forman parte de una filosofía moral y natural, de una manera de ver y entender el mundo.

Todas las civilizaciones mexicanas representaron a los jaguares y los pumas de acuerdo con sus estilos y según la visión que tenían de los animales en sus propias culturas. México forma parte de un área cultural mayor, llamada Mesoamérica, en la cual se comparten muchas ideas y creencias acerca de los jaguares, los animales y los espíritus compañeros. Los jaguares y los pumas siguen siendo hoy en día tan misteriosos como lo fueron siempre. Estos poderosos y fascinantes símbolos naturales y culturales han cambiado con el tiempo, transformándose en otra cosa, a la manera de los chamanes. En estos tiempos, el jaguar está en peligro de extinción, pues se le caza por su piel, y necesita ser protegido. De no tomarse medidas pertinentes, el portentoso señor de los animales mexicanos sólo podrá sobrevivir en nuestra memoria o en nuestra imaginación.

Fuente: Nicholas J. Saunders. Doctor en arqueología por la Universidad de Southampton. Profesor del Departamento de Antropología del University College London, Londres.

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Actualizado ( Jueves, 20 de Octubre de 2011 19:26 )  

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