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Atractivos Turisticos de México/Mitos y Leyendas Mexicanos
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La Leyenda Chiapaneca de la Tisigua. Mitos y Leyendas mexicanas. Los viejitos de los ranchos con su gran imaginación que tenían, como don Luis Toalá, creaban personajes fantásticos, como lo fue la Tisigua, para que los jovencitos no anduvieran de parranderos y coscolinos por los ranchos y en el vecino Terán, (Colonia donde se ubica nuestra escuela). Fue así como, entre las familias se comentaba que a los que se quedan por largas horas bañándose en el Sabinal, en las hermosas pozas que se formaban junto a los gruesos troncos de los ahuehuetes se les aparecía la Tisigua. Dionisio, a quien todos conocían por Nicho, era el hijo único del cañero don Casimiro, que por afecto todos lo conocían por el tío Cashi. Su madre, doña Micaela, siempre estaba pendiente de todos los deseos de su Nichito. En su oloroso baúl de cedro siempre le tenía su ropa bien planchada que, por cierto, en una ocasión se quemó con la plancha de mano que calentaba en un buen cuadrado comal de fierro y con buenos leños de Brasil y de patzipocá. Nicho, que ya andaba por los dieciocho años, todavía no daba muestras de enamoramiento y las amigas de la madre del joven le preguntaban que cuándo se casaría Nichito, pues ya tenía su edad. A eso la madre les contestaba: todavía no piensa mi hijo en mujer, no pues... Todavía no... Le pido al señor de Esquipulas que cuando ya piense en mujer se encuentre con una buena y galana muchacha. Ni crea usted tía Mica, a lo mejor su Nichito ya hasta ha de tener un chiquito con alguna tiraleña o de por ahí por la Chacona, porque como es bien parecido el muchacho vierasté como lo siguen... Se iba a celebrar la velación del Señor de Esquipulas el catorce de enero, por lo que doña Micaela le alistó su buena mudada a Nicho para que fuera de conquista al baile. Por la tarde se fue al río el jovencito muy contento, silbando una de las canciones que mucho le gustaban. Antes de salir de la casa, la buena madre le recomendó que no se tardara mucho en el río, que recordara que la Tisigua se estaba apareciendo a los que iban a bañarse ya muy tarde; Nicho muy valiente le dijo a su mamá: -¡ay mamá..! eso de la Tisigua es puro cuento de don Luis Toalá...- bueno.. ahí velo vos Nicho. Yo no quiero que te vaya a jugar y te quedes de idiota como Lipe de don Chano... ¿A poco es bonito andar así? Pero Nicho no tomó en cuenta aquellas recomendaciones y salió disparado hacia el Sabinal, que estaba bastante lleno y con una corriente tan cristalina que invitaba a bañarse, se desvistió dejando su ropa en las ramas del sabino que quedaban a manera de percha junto a la orilla del río y dándose impulso se lanzó a la poza, dando las buenas braceadas a lo largo de las tranquilas aguas, (en la actualidad son aguas negras), ya estaba enjabonándose parado sobre unas gruesas raíces, cuando de repente oyó unas palmada un poco leves y luego más fuertes acompañadas de un silbido medio mañoso. Con los ojos enjabonados, como pudo trató de distinguir de dónde surgía todo aquello. Luego escuchó aquellos ruidos por otro lado, después detrás de él y así fue dándose cuenta de que lo estaban jugando, se quitó el jabón rápidamente y se volvió a zambullir. Apenas sacaba la cabeza cuando muy cerca vio que surgía del agua el busto de una guapa mujer, rubia, de ojos azules, de nariz muy perfilada, bonita la malvada. Nicho, en cuanto la vio dijo para sí: - Ya se me hizo. Voy a saber lo que es tener una mujer junto a mí. Ojalá que se me haga. Esta no se me escapa. Cuando más contento estaba con tan inesperado hallazgo, se dio cuenta que la bella mujer ya estaba detrás de un grueso tronco de sabino. Él trató de seguirla, pero inmediatamente la guapa mujer se escabullía por entre la maleza a pesar de las espinas y garfios que abundaban más arriba de la orilla, no se lastimaba; en cambio el pobre Nicho, se iba cayendo y levantando entre el espinero y la maleza con peligro que pisara una culebra. Al poco rato, la maligna mujer volvía a meterse en la poza y Nicho tras de ella tratando de abrazarla y comérsela a besos, y luego... De momento reflexionó y recordó lo de la Tisigua. Dudaba si era la fantástica y perversa mujer que había vuelto tontos a muchos jóvenes de la región o que los había metido en los peroles de miel caliente de las moliendas. Llenándose de valor, se lanzó hacia donde estaba nadando la Tisigua y ya casi la alcanzaba cuando ella se dirigió a donde estaba su sombrero de palma que había llevado, lo llenó de agua y en un instante se acercó a Nicho poniéndoselo en la cabeza. Al verlo con el sombrero, que escurría una agua lodosa, olor a azufre, se carcajeaba y sonaba las manos como burlándose del joven. Él trataba de alcanzarla pero al poco desapareció entre los árboles, quedando Nicho desde ese momento alelado, idiota, con la mirada fija sin que pudiera articular las palabras con claridad que le caracterizaba. Como pudo, con la ropa toda mojada se fue a su casa, que con trabajo la encontró a eso de las diez de la noche. Para eso ya la familia había ido a buscarlo, el tío Cashi, con un grupo de vecinos se fue, llevando un tambor y unas teas para localizarlo. Desesperados le gritaban sin saber que ya se encontraba en su casa, donde la tía Mica lo estaba atendiendo con su buena taza de café caliente. Cuando llegaron los que fueron a buscarlo, ya don Crispín le estaba curando de espanto. A mucha distancia se oían las imploraciones del curandero que decía: señor de las Ampollas, curá a este cristiano... señor de Esquipulas, dale la salud a tu hijo Nicho... y rameadas; lo bañaba de aguardiente y entre soplido y soplido seguía pidiendo a toda la corte celestial que Nicho volviera a su estado natural, que recobrara su buena figura. Y de nuevo volvía a decir: - Virgen de Copoya, salvá tu hijo... Virgen de Olachea, que se componga este cristiano. Virgen de Candelaria, hacé tu milagro. San Marcos, patrón de Tuxtla, cura a este bendito muchacho.. San Agustín, patrón de Tapachula, que se componga este niño... San Pedro de Tapana, curálo... Pasión verde de Clacotepec, sanálo... San Sebastián de Chiapa, curálo... San Caralampio de Comitán, curálo... San Pascualito, sanálo... Y así no cesaba de pedir hasta lograr que volviera a la normalidad aquel pobre muchacho. Pero de nada sirvieron todas aquellas imploraciones. El infeliz Nicho nunca recobró la razón y desde entonces por las calles de Terán y los callejones de los ranchos de Juan Crispín veían a Nicho parándose en las puertas de las casas mendigando un taco o algo, no porque en su casa le faltara comida sino porque gozaba al recibir algo para comer, imaginándose que era la Tisigua quien le daba todo. Escrito por un maestro Emérito de Chiapas. Prof. Manuel de Jesús Martínez Vázquez. Originario de Tuxtla Gutiérrez.
Viernes, 10 Septiembre 2010 | 14891 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
Atractivos Turisticos de México/Mitos y Leyendas Mexicanos
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Mitos y leyendas mexicanas En el altar de la iglesia del Convento de las Capuchinas, se encontraba una imagen de Jesús de Nazareno. Era una bellísima imagen elaborada en Guatemala, que, originalmente, estaba destinada para ser venerada en la capilla de la casa de los condes de Santiago Calimaya, situada en la hoy Avenida Pino Suárez número 30. Después de permanecer en la capilla por un tiempo, uno de los condes obsequió la escultura al convento. Se trataba de una majestuosa imagen del Ecce Homo sangrienta y doliente como pocas, los fieles temblaban de dolor y pena al verla, tal era su realismo. Los ojos del Nazareno, hechos de vidrio, expresaban una triste mirada plena de humildad y dolor, eran el rasgo sobresaliente de la escultura. La doliente imagen salía en procesión todos los viernes santos y recorría las calles de la ciudad, seguida de penitentes que se flagelaban las espaldas hasta desfigurarlas y hacerlas sangrar. El Nazareno era el patrón de la Cofradía, y cada año le celebraban efectuando un novenario. Para tal ocasión, en el presbiterio (espacio en torno al altar mayor) de la iglesia de las capuchinas se levantaba un altar especial, en el que se remplazaban las sencillas potencias de plata del Nazareno, por otras elaboradas en oro, con los rayos cubiertos de esmeraldas, rubíes y diamantes, y con las bases adornadas con una gran amatista y perlas. Las potencias eran hermosas, valiosas, y sumamente costosas. Las telas que engalanaban el altar estaban bordadas por las manos de las diestras monjas con hilos de oro. Había candeleros de plata maciza, tallados por artistas indígenas y mestizos que eran un primor; en ellas se colocaban velas escamadas que las pacientes monjas formaban para el efecto. No faltaban las flores en jarrones de fina porcelana china. Una tranquila tarde en que el silencio cubría el convento y las monjas dormían la siesta, la iglesia se encontraba cerrada. Domitilo Alderete, el sacristán, no dormía; aprovechaba el tiempo y el sosiego para arreglar los pliegues de una cortina de damasco carmesí que se resistía a sus acomodos estéticos. Domitilo había sido un artista de la acrobacia, pero desgraciadamente un mal día había sufrido un cruel accidente que lo alejó por completo de su peligrosa profesión, pero conservaba su agilidad y su fuerza. No le quedó otro remedio que volverse sacristán, decisión de la que no se arrepentía. Absorto en el arreglo de la cortina, Domitilo Alderete escuchó de pronto que de la puerta que daba acceso a la iglesia llegaban unos ruidos como si alguien quisiera forzarla por medio de una ganzúa. Al poco rato, un hombre penetró al interior con mucho sigilo para no hacer ruido. Al verlo, Domitilo se escondió detrás de la cortina y vio al hombre que de puntitas se acercaba al altar del Nazareno. Subió hasta donde se encontraba la imagen y le arrancó de la cabeza una de las suntuosas potencias, que guardó en un saco que traía para tal efecto. El ladronzuelo ya se aprestaba a quitarle las otras dos potencias al Nazareno cuando el sacristán tomó uno de los jarrones del altar y le dio tremendo golpe en la cabeza, quien cayó al suelo medio atarantado; con esfuerzo consiguió abrir los ojos y su mirada chocó con la doliente y acuosa del Cristo, cuyos ojos parecía que acaban de llorar de tristeza y desencanto. Al sentir la mirada, el caco lanzó un grito desgarrador, su cuerpo empezó a temblar como el azogue, un frío mortal le recorría las venas del cuerpo, su expresión acusaba miedo y hasta terror pánico. Su rostro mostraba la palidez de los muertos y sus ojos parecían los de un demente. El criminal tenía por nombre Teodosio Liñán, desde muy temprana edad se había dedicado al robo y a la estafa, era vicioso y cruel, y la edad le había hecho refinar sus malas artes. Era un delincuente de la peor especie, que vivía en el pecado del vicio y la lujuria. Al ver en el suelo al hombre, el sacristán levantó a Teodosio en brazos y se dirigió hacia el Palacio Virreinal. Cuando llegó, a todos los alcaldes del virrey les comunicó que el hombre que llevaba era un ladrón sacrílego que había querido desvalijar al santo Nazareno. Teodosio, por su parte, no escuchaba nada de lo que se decía, se limitaba a decir cosas incoherentes que nadie entendía sin dejar de temblar. Fue enviado a la Cárcel de la Corte. El preso gritaba furioso y sudaba de miedo ante las cosas terribles que sólo él podía ver y oír y que le perseguían causándole tal terror. Las autoridades se dieron cuenta que Teodosio había perdido la razón y decidieron trasladarlo al Hospital de San Hipólito, que en aquel entonces albergaba a la gente pobre que se volvía loca de atar. Teodosio se quedaba sentado en una esquina de la gran sala del hospital, muerto de miedo y con las manos en los ojos tratando, en vano, de librarse de la mirada acusadora del Nazareno que lo perseguía sin tregua. Los sudores de miedo y los temblores de pánico no le dejaban vivir, su vida era un calvario. Entre las incoherencias que pronunciaba había frases que los guardianes entendían. Teodosio decía: - ¡Él me dio una bofetada aquí! Y se llevaba la mano a una de sus mejillas. El tiempo pasó; muchos años habían transcurrido desde aquel sacrílego intento de robar el altar del Nazareno. Teodosio seguía igual, si no es que peor, siempre viendo la mirada acusadora de aquellos ojos inmóviles, que a veces lloraban de tristeza. El ladronzuelo ya nunca más recobró la razón, sólo le restaba esperar la muerte y bajar a los tenebrosos y calientes infiernos. Moraleja: Nunca se debe robar un recinto sagrado, so pena de sufrir los desvaríos de Teodosio Liñán.
Miércoles, 23 Abril 2014 | 817 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y leyendas mexicanas Leyenda totonaca La vainilla, ixtlixóchitl, “flor negra”, es un género de orquídeas que produce un fruto saborizante muy exquisito. Sumamente apreciada en la época prehispánica en toda Mesoamérica, los mexicas y los mayas la empleaban para preparar el xocólatl, bebida destinada a los nobles y guerreros, hecha con chocolate, en una de sus tantas variedades. La vainilla la producían los totonacos de las zonas costeras de Veracruz, y la enviaban hasta el Altiplano, para ser consumida por los mexicas. A los totonacos se debe la leyenda que nos cuenta su origen. Los abuelos nos relatan que hace mucho tiempo existió una bella princesa llamada Tzacapontziza, Estrella de la Mañana, de largos cabellos negros, lacios, y lustrosos; sus rasgados ojos expresaban dulzura y malicia; era tan atractiva que los jóvenes nobles la perseguían a todas horas. Zkata-Oxga, Venado Joven, y príncipe también, era uno de esos enamorados; tan enamorado estaba que un día decidió raptarla, aún cuando contaba con el beneplácito de la noble doncella. Huyeron de sus respectivos hogares, y trataron de esconderse lo mejor que pudieron. Sin embargo, el padre de la princesa había dado órdenes de que se la buscase por doquier, hasta encontrarla. Después de mucho batallar, los sacerdotes de la diosa de las cosechas Tonoacayohua, acompañados de guerreros, los encontraron, los apresaron, y los decapitaron como había sido ordenado por el padre de Tzacopontziza. Poco tiempo después de morir, el príncipe Zkata-Oxga reencarnó en un fuerte, alto y bello arbusto. A su vez, la desdichada princesa se convirtió en una liana de maravillosas orquídeas que se enredaba con amor y dulzura en el príncipe-arbusto. Se amaban tanto que, aun después de la muerte se mantuvieron juntos. Desde entonces, los totonacos llaman a la vainilla caxixanath, dulce nombre que significa “flor casada”, o más brevemente, xanath. Agregan los ancestros que Xanath era tan bondadosa que después de muerta quiso ayudar a los indios totonacas: decidió que su cuerpo-flor sería curativo. Así pues, la vainilla es un muy buen estimulante del sistema nervioso, cura la histeria, la melancolía, y la depresión, además del reumatismo, y las lesiones musculares. Asimismo, se emplea como infusión, aceite esencial, y tintura.
Jueves, 01 Mayo 2014 | 828 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y leyendas mexicanas Chalchiutecólotl, Precioso Búho Nocturno, dios del Inframundo, de la pestilencia y del misterio fue venerado y temido por los mexicas. El tecolote, “pico encorvado”, símbolo de la muerte y de la noche, era el décimo de los trece glifos del Tonalpohualli, Libro de la Adivinación. Chalchiutecólotl fue el eterno acompañante del dios Tezcatlipoca, a la vez que el mensajero del dios de la muerte y patrón de aquellas personas que nacían el día Miquiztli, “muerte”. Se le temía porque presagiaba enfermedades y catástrofes, y se le ligaba con los Tlacatecólotl, “los hombres búhos”, ladrones y violadores quienes tenían la capacidad de convertirse en tecolotes cuando estaban a punto de ser atrapados y así poder huir. Desde entonces, el tecolote anuncia la muerte: “Cuando el tecolote canta el indio muere”, dice el refrán. Los nahuas de la región de los Tuxtlas, Veracruz, ven al tecolote como un ave de mal agüero que envían los brujos con el propósito de quitar el alma a los hombres y causarles la muerte. Los brujos arrojan tecolotes disecados rellenos de hojas de maíz al techo de la casa donde vive la persona que desean matar. Los nahuas de Chicontepec cuentan que en el inicio de los tiempos, Ompacatotiotzin, el dios dual, durante la repartición de las tareas que correspondían a cada uno de los dioses en el momento de la Creación, indicó a Tlacatecólotl, el Hombre Búho, que él sería el encargado de vigilar la conducta de los seres humanos y de dar el castigo que se merecían aquéllos que pecaran de desobediencia. Fue su esposa Miztli, la Luna, la designada para ayudarle a llevar a cabo dicha tarea. El Hombre Búho es también quien propiciaba el equilibrio cosmogónico, pues auxiliaba al dios Sol en su tarea de alumbrar a la Tierra; sus dos amos son el Sol y la Luna. El dios Tlacatecólotl otorgaba riquezas a los hombres, pero que también podía quitárselas a su arbitrio; gustaba de provocar discordias, pero resolvía muchos problemas de difícil solución; curaba las enfermedades, pero también era capaz de provocar la muerte; era el actante mediador entre el bien y el mal. Debido a estas cualidades contradictorias y al poder que tenía para ejercerlas, fue un dios muy respetado y muy temido. Tlacatecólotl tenía un espejo luminoso y mágico en un cerro llamado Xicoatepec. Gustaba de usar indumentaria de color café y de llevar un sahumerio con copal en las manos del cual nunca se desprendía.
Lunes, 27 Enero 2014 | 887 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y Leyendas mexicanas En tiempos muy antiguos no existía el fuego. Los indios yaquis, los animales terrestres, acuáticos, y aquellos que vuelan lo desconocían y no podían disfrutar de sus beneficios. Cierto día, todos los habitantes de los pueblos yaquis, junto con los animales decidieron efectuar un gran concilio para averiguar por qué no había fuego decidir la mejor manera de conseguirlo. Aunque carecían de este necesario elemento, estaban conscientes de su existencia y de que en algún lugar lo podían encontrar. Pensaron que tal vez se encontrara en alguna isla o en sitio dentro del mar. En el concilio se acordó que fuera Bobok, el Sapo, el encargado de buscar el fuego. Enseguida, el Correcaminos, el Perro y el Cuervo se ofrecieron a ir con el Sapo y ayudarlo en su búsqueda. Sin embargo, aunque su ayuda era valiosa ninguno de estos animales era capaz de sumergirse en el agua sin morirse como lo podía hacer Bobok. El Dios del Fuego lo tenía muy bien guardado dentro del mar, no permitía que nadie se lo llevase, para ello enviaba rayos y centellas a quien trataba de robar un poco de fuego y morían calcinados. Sigilosamente, Bobok se metió al agua, encontró el lugar donde el dios guardaba el fuego, y se lo robó metiéndose un poco en la boca. Cuando se dio cuenta el Dios del Fuego, le envió los rayos y centellas que hacían mucho ruido y producían muchos destellos. Pero Bobok no se amilanó y continuó su camino, pues sabía que dentro del agua no corría peligro. De repente se formaron muchos remolinos en el agua con basura y desperdicios de madera, pero Bobok siguió nadando nada lo detenía. En cierto momento, Bobok vio que había muchos sapos que le acompañaban nadando junto a él, todos cantaban felices y llevaban un pedacito de fuego en la boca. Eran los hijos de Bobok que le ayudaban en su noble tarea y se habían pasado pedazos de fuego unos a otros. Al poco tiempo llegaron todos los sapos a la Tierra de los yaquis, donde estaban esperando Correcaminos, Perro, y Cuervo. A cada uno Bobok les dio un poco de fuego. Pero el Dios del Fuego se dio cuenta y les envió a los animales sus rayos mortales. Sin embargo, la cantidad de sapos que llegaba con fuego en la boca era impresionante, iluminaron todas las cosas y le pusieron fuego a los árboles y a las rocas. Desde entonces los yaquis pueden hacer fuego pues saben que dentro de las ramas de los árboles se encuentra el fuego necesario para su supervivincia.
Viernes, 29 Agosto 2014 | 863 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y Leyendas mexicanas Hace muchos miles de años, Hach Ak Yum, Nuestro Verdadero Señor, que vive en el plano superior de universo con su esposa, creó a los hombres con barro, dio vida a la selva y a todos los habitantes que la pueblan, y a las plantas que crecen el ella. Una vez que el dios Hach Ak Yum creó a las personas, decidió hacer el amor con su esposa Ak Na’, la Luna, -la fecundadora universal, protectora de la mujeres, que en su telar teje la materia prima de la vida- para tener hijos y que los hombres vieran cómo era aquello se reproducirse, siguieran el ejemplo y se multiplicaran y poblaran la Tierra con muchos lacandoncitos. Dicho y hecho, el dios creador se apareó con su sagrada mujer y tuvo a Ixchel, Sukun Kyum y Ah Kyantho, además de otros hijos que por haberlo retado faltándole al respeto, exiló a la selva. A estos irreverentes hijos se les llamó los Hijos Rojos, encargos de producir los fenómenos climáticos y meteorológicos: granizos, truenos, rayos, vientos tormentosos, para perjudicar a la humanidad. Pero cuando Ak Na’ dios a luz a su último vástago, empezó a sangrar terriblemente, y su sangre se regó por toda la Tierra. Al ver tanta sangre derramada, el dios creador Hach Ak Yum, desesperado, agarró montones de tierra y los arrojó sobre la sangre derramada por la diosa para tratar de que no se viese. En cuanto la tierra se extendió por el suelo, empezaron a formarse todas las hormigas que habitan el mundo: salieron hormigas rojas, hormigas negras, toda clase de hormigas… fueron innumerables y se distribuyeron por todas partes para formar sus hormigueros y vivir en paz.
Viernes, 19 Septiembre 2014 | 805 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y Leyendas mexicanas Doña Catalina tuvo por padres a don Diego Suárez Pacheco y a doña María Marcaida. En 1509, sus padres emigraron a la isla La Española como acompañantes del séquito de Diego Colón. Catalina y sus hermanos les dieron alcance un año después. Al poco tiempo, doña Catalina dejó la isla para trasladarse a Cuba como dama de compañía de María de Cuéllar, prometida de Diego Velázquez de Cuéllar, el conquistador de Cuba. En Cuba, doña Catalina vivía en la casa de su hermano Juan, en Baracoa. Conoció a Hernán Cortés y, aun cuando carecía de dote, el futuro Capitán la esposó en el año de 1515, a regañadientes. Cuando Cortés se marchó a explorar México y traicionó a Diego Velázquez, Catalina fue despojada de las propiedades de su marido y quedó en mala situación económica. Pasada la conquista de México, Cortés se encontraba cómodamente instalado en su casa de Coyoacán, cuando decidió traer a su esposa de Cuba, a pesar de encontrarse rodeado de bellas mujeres, como una de las hijas de Moctezuma. En México, la Marcaida llevaba una buena vida plena de diversiones y ociosidades, entre bailes, suntuosos vestidos y costosas joyas. Cortés la obsequió con tierras y esclavos. Parecían un feliz matrimonio, en apariencia... La Marcaida era sana, guapa, bien vestida, pero infeliz en su matrimonio. Una noche de Todos Santos, la pareja ofreció una cena a sus amigos en su casona de Coyoacán. Catalina estaba contenta y quizá un poco achispada con el vino que había bebido. En un momento dado, la Marcaida reclamó al capitán Solís de tomarse la libertad de mandar sobre sus propios esclavos sin consultarla. El capitán, apenado, respondió que el que los ocupaba no era él sino don Hernán. Catalina retrucó que en adelante nadie se metería con sus cosas. Al oír los dicho, Hernán contestó medio en chanza y riendo: -¿Con lo vuestro, señora? ¡Yo no quiero nada de lo vuestro! Ante estas palabras, Catalina, enojada, abandonó la mesa y a los comensales. La fiesta siguió. En sus aposentos la Marcaida lloraba junto a su camarera Ana Rodríguez, y le confiaba que era muy infeliz. Al terminar la reunión, Cortés subió a la recámara matrimonial y trató de consolar a Catalina sin mucho éxito. Se apagaron las luces y todos se recogieron en sus habitaciones. A la media noche, una esclava india avisó a doña Ana que algo sucedía en la alcoba del matrimonio. Ésta acudió a la recámara, abrieron la puerta y vieron que el Capitán sostenía en sus brazos el cuerpo inerte de la Marcaida, que presentaba moretones en la garganta; las cuentas de su collar de oro yacían sobre la cama deshecha. Ana preguntó a qué se debían esos moretones, a lo que Hernán respondió que la sostuvo del collar cuando su esposa se había desvanecido. Pero las sospechas de que Cortés la había matado surgieron, máxime que en Cuba le había dado malos tratos y hasta golpeado. Al otro día, Catalina presentaba: …los ojos abiertos, e tiesos, e salidos de fuera, como persona que estaba ahogada: e tenía los labios gruesos y negros; e tenía asimesmo dos espumarajos en la boca, uno de cada lado, e una gota de sangre en la toca encima de la frente, e un rasguño entre las cejas, todo lo cual parecía que era señal de ser ahogada la dicha doña Catalina e no ser muerta de su muerte. Al ser acusado de haberla matado, Cortés respondió: -¡Quién lo dice, vaya por bellaco, porque no tengo de dar cuentas a nadie! Así, quedó impune otro crimen más del conquistador.
Miércoles, 05 Marzo 2014 | 888 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Mitos y leyendas de México La leyenda de El carro de las brujas Si lo hace, pocas jornadas después su cuerpo aparecerá, sin vida, al costado de la carretera, con signos de haber sido objeto de algún tipo de ritual: inequívocos símbolos de cultos olvidados o de liturgias sangrientas se hallan esparcidos por la piel de la víctima, como si hubiese sufrido el destino de las bestias sacrificadas en los aquelarres. Hay quienes afirman que el color escarlata que recubre al carro se fabrica con la sangre de los incautos. Se dice que un carro color rojo escarlata circula por la carretera que une el Distrito Federal con Cuernavaca, pero de igual manera se ve pasar por lugares alejados y solitarios del país. Esté carro es dirigido por un grupo de hermosas mujeres a gran velocidad, dicen, que pueden ir dos, tres o hasta cinco mujeres, y estas invitan a los hombres, con lenguaje físico, gestos, promesas, voces sensuales y tentaciones que solo en sus sueños cumpliría aquel que las tope. Si este acepta las propuestas, se encontrara su cuerpo, sin vida, al costado de la carretera, con signos de haber sido objeto de algún tipo de ritual: inequívocos símbolos de cultos olvidados o de liturgias sangrientas se hallan esparcidos por la piel de la víctima, como si hubiese sufrido el destino de las bestias sacrificadas en los aquelarres. Hay quienes afirman que el color escarlata que recubre al carro se fabrica con la sangre de los incautos.
Miércoles, 12 Diciembre 2012 | 3617 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
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Leyendas y Mitos mexicanos La leyenda de El Chom En Uxmal, una de las ciudades más importantes de El Mayab, habitaba un rey al que le gustaban mucho las fiestas. Un rey, que habitaba en la ciudad de Uxmal, una de las más importantes del Mayab, se le ocurrió organizar una fiesta en su palacio para honrar al Señor de la vida, Hunab ku, el rey invito a sacerdotes, príncipes y guerreros. Haciendo todos los preparativos entre ellos adornar el palacio y la comida, solicito prepararan deliciosos platillos con carnes de venado y pavo del monte y no podía faltar el balché, un licor embriagante que les encantaría a los invitados. Por fin llegó el día de la fiesta. El rey de Uxmal se vistió con su traje de mayor lujo y se cubrió con finas joyas; luego, se asomó a la terraza de su palacio y desde allí contempló con satisfacción su ciudad, que se veía más bella que nunca y decidió servir la cena en la terraza, para que contemplaran su reino. Los sirvientes ya habían hecho los preparativos y mientras el rey de Uxmal fue por sus invitados pero cuando esto ocurría no se dieron cuenta de que sobre la terraza del palacio volaban unos zopilotes, o chom, como se les llama en lengua maya, estos pájaros eran hermosos, con plumaje colorido y hermosos rizos en su cabeza, estos pájaros vieron el festín servido y lo devoraron, pero el rey de Uxmal y sus invitados observaron la acción, el rey estaba enfurecido, y ordeno a sus flecheros matarlos, pero los pájaros volaron tan alto que ninguna flecha los alcanzo. — ¡Esto no se puede quedar así! —Gritó el rey de Uxmal— Los chom deben ser castigados. —No se preocupe, majestad; pronto hallaremos la forma de cobrar esta ofensa —contestó muy serio uno de los sacerdotes, mientras recogía algunas plumas de zopilote que habían caído al suelo. Los hombres sabios se les ocurrió una idea, con las alas del chom quemadas hizo un polvo muy fino después de molerlas y hecho en una vasija de agua Pronto, el agua se volvió un caldo negro y espeso. Una vez que estuvo listo, los sacerdotes salieron del templo. Uno de ellos buscó a los sirvientes y les dijo: —Lleven comida a la terraza del palacio, la necesitamos para atraer a los zopilotes. Pronto llegaron los chom y en cuanto pusieron las patas sobre la mesa los sacerdotes lanzaron el caldo negro a los pájaros y empezaron a decir palabras extrañas, los chom volaron y huyeron del palacio y volaron muy alto hasta los rayos del sol pero volaron muy cerca de estos, y se quemaron sus rizos. Uno de ellos alzó la voz y dijo: —No lograrán huir del castigo que merecen por ofender al rey de Uxmal. Robaron la comida de la fiesta de Hunab ku, el Señor que nos da la vida, y por eso jamás probarán de nuevo alimentos tan exquisitos. A partir de hoy estarán condenados a comer basura y animales muertos, sólo de eso se alimentarán. Al oír esas palabras sintieron sus plumas mojadas, cuando los chom sintieron la cabeza caliente, bajaron de uno en uno a la tierra; pero al verse, su sorpresa fue muy grande. Sus plumas ya no eran de colores, sino negras y resecas, porque así las había vuelto el caldo que les aventaron los sacerdotes. Además, su cabeza quedó pelona. Desde entonces, los chom vuelan lo más alto que pueden, para que los demás no los vean y se burlen al verlos tan cambiados. Sólo bajan cuando tienen hambre, a buscar su alimento entre la basura, tal como dijeron los sacerdotes.
Lunes, 18 Febrero 2013 | 2161 hits | Imprimir | PDF |  E-mail
Atractivos Turisticos de México/Mitos y Leyendas Mexicanos
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Mitos y leyendas mexicanas Hace ya mucho tiempo, cuando todo era naturaleza y el hombre no había aún sido creado por los dioses, en el Cerro de Guizachtlan vivía un Coyote que tenía la piel del color del oro, suave y brillante como las plumas del quetzal. Se trataba de un Coyote muy tierno, nada agresivo y sí muy dulce, de mirada bonachona. Lo que más destacaba Coyote eran sus ojos: negros como el azabache y luminosos como las luciérnagas. Siempre estaba Coyote paseando por la serranía, investigando entre las peñas y acercándose a los arroyos para beber agua fresca y transparente. Sus movimientos eran tranquiles y majestuosos, se sabía hermoso y poderoso, era el rey de los animales. Cuando se cansaba de sus paseos, volvía a su guarida para pasar el tiempo con su familia a la que adoraba. Por las noches Coyote gustaba de caminar hasta la cima del cerro, después de haberse bañado en un arroyo y de haberse acicalado hasta quedar de una belleza majestuosa. Entonces, en medio de la magnífica naturaleza que lo rodeaba, veía a Nana Cutzi, la diosa de la Luna, la madre encorvada, que se movía en el Cielo acompañada de miles de estrellas y de las Pléyades que él conocía como sus Cabritillas. Una de esas noches en que Coyote se entretenía mirando hacia el infinito, vio un puntito en el Cielo. El puntito cada noche crecía más, y conforme se agrandaba iba tomando la forma de una serpiente de fuego y a veces, la de una mujer de largos y espléndidos cabellos refulgentes. La mujer hacía alarde de su belleza, y le gustaba que Coyote la admirara, era tan bella que opacaba a todas estrellas. Las Cabritillas al ver a la estupenda mujer tuvieron envidia, pues fácilmente las superaba en brillo y belleza. Las Cabritilla y las demás estrellas, incluyendo a El Arado, se sintieron ofendidos ante tanta belleza que las hacía aparecer como unos simples foquitos de escasa luminosidad. Nana Cutzi, siempre tan bella y tan blanca, no escapó a la envidia que había causada la bella mujer, de la furia que sintió al verse superada, le empezaron a salir manchas en su lisa cara que la dejaron marcada para siempre. El Cazador del Cielo, Orión, se acercó a Coyote y le dijo: -Querido Coyote, hermano, esa mujer que apareció en el Cielo es bella, ostentosa y atractiva, pero no te preocupes, su aparición no durará mucho tiempo, pues dentro de poco desaparecerá tan rápido como llegó para irse a otros espacios siderales. Esta mujer-cometa se irá como tantas otras que de vez en vez pueblan los cielos para desaparecer tan rápido como llegaron. Entonces todo será como antes de su llegada, y la calma volverá al Cielo, a Nana Cutzi, a El Arado, y a las Cabritillas. Sin embargo, a pesar de las tranquilizadoras palabras de Orión, Coyote no quedó en paz. Se había percatado de que la Tierra había sufrido la influencia de la aparición de la mujer-cometa: las barrancas eran más grandes y profundas que antes y algunas desaparecían completamente, los cerros crujían, el agua de los arroyos, lagunas, y riachuelos se evaporaba, nuevos volcanes surgían en la faz de la Tierra, y los ya existentes se volvían locos y echaban fumarolas, azufre y lava, los animales se ponían a actuar extrañamente como poseídos por demonios, los animales de los cerros eran reemplazados por otros animales extraños venidos de otras tierra, todos abandonaban a sus crías. Ante estos increíbles hechos, Coyote decidió subir a la a la parte más alta del Pico de Tancítaro, el volcán más alto del estado de Michoacán, y con su voz varonil y potente, se dirigió a la mujer luminosa: -¿Quién eres extraña y bella mujer que te atreves a perturbar nuestra paz, y desequilibras la armonía de nuestro Cielo, y pones a la naturaleza en tan terrible caos? ¿Quién eres que te has atrevido a ofender a nuestra Nana Cutzi, a las Cabritillas, y a todas las otras estrellas del firmamento, causándoles desazón y envidia? A causa de tu súbita aparición la Luna se ha manchado de la cara. Pero nosotros, los animales, no te permitiremos que la ofendas, ella es nuestra amada y querida Madre Luna. Por lo tanto, te conmino a que sigas tu camino y te vayas inmediatamente. Al oír tales palabras, la mujer-cometa detuvo su camino y volteó a mirar a Coyote, al tiempo que decía: - ¿Y quién eres tú animal de cuatro patas que vive en las cuevas, tonto y majadero, cómo te atreves a insultarme? Por tus ofensas desde ahora carecerás de la capacidad de hablar, serás mudo, sólo te será dado aullar para expresar tus emociones o necesidades. Con la voz débil por la maldición, Coyote alcanzó a decir: - ¡La Luna y las estrellas son mis amigas, con ellas platico todas las noches. Nana Cutzi siempre será nuestra Madre Luna, la Reina del Cielo, aunque me quites la voz nada cambiará! La mujer-estrella replicó indignada: - ¡Sabe, pequeño animal peludo, que mi maldad y mi crueldad pueden ser tan grandes como mi belleza, yo puedo ocasionar terribles desgracias y calamidades. Después de mi llegada ya nada será igual ni en la Tierra ni en el Cielo, pues entérate soy Citlalmina, la Estrella con Flechas, la creadora de todas las estrellas!
Miércoles, 25 Junio 2014 | 886 hits | Imprimir | PDF |  E-mail


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